viernes, 26 de septiembre de 2008

LA LEYENDA DEL INDOMABLE


Saca las manos, Brusita: lo que tiene lo tira. Es un gesto. Y si te agarra flojito puede resultar conmovedor. El tipo le aguanta el cruce abierto, el palo por palo, a la borrasca de sus 85 años. Y lo hace con una fiereza de lo más estimulante. Hay que verlo carajear.

En la embestida se lleva puesto a Tito Lectoure, al boxeo argentino, a los males de su provincia; a Sugar Leonard, a Marvin Hagler, a Mike Tyson. Y a algunos de los campeones que él siente haber construido, de Martillo Roldán al Tata Baldomir. En sus historias hay agachadas, estafas, traiciones, vergüenzas, peleas arregladas, y pocos héroes, o un héroe, Carlos Monzón, uno de sus catorce pupilos que llegó a campeón del mundo, y su más grande pupilo, y su más grande campeón del mundo.

Pero también le llegan las manos. Y las siente. Y se marea, Brusita. De golpe te está hablando y si no te agarra del brazo, se viene. Un metro noventa y uno flameando ahí delante. Ahí se queda unos segundos, todos nos quedamos, quietísimos, hasta que pasa, hasta que con la voz grave y ajada, te dice: “Ya está, ya estoy bien”. Y, lento, te suelta. Después arranca de nuevo. Y otra vez se acuerda de sus villanos. Otra vez tira el cross, el gancho. Les apunta a los periodistas porteños, a la mafia dentro de la Federación Argentina de Box (FAB), y no pregunta cuántos son. Entonces, lo que se ve es un hombre en la retirada de su vida, al que le cuesta mantener la vertical, que arrastra el paso y se ayuda con un bastón, pero que no deja de batirse, y si se tiene que ir, se va a ir pegando. Es un gesto. Y no tiene que agarrarte flojito para que termine resultando conmovedor.

DESDE EL SALÓN DE LA FAMA. Son las cuatro de la tarde de un día cualquiera de una semana cualquiera. Sobre la calle 1° de Mayo, centro de la ciudad de Santa Fe, en el gimnasio que la Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN) abrió para él, Amílcar Brusa hace lo que viene haciendo desde cinco décadas: se para delante de un pibe con hambre y le enseña a boxear. Volvió al país hace un año y medio, después de veinte, durante los cuales se convirtió en uno de los entrenadores más grandes de todos los tiempos, con 14 campeones del mundo y exclusivo ingreso al Internacional Boxing Hall of Fame de Nueva York, donde su nombre comparte cartel con las vacas sagradas de la historia de este deporte.

Aquí, y ahora, sentado en la breve oficina del gimnasio, Brusa le entra a la historia, y pareciera que el cruce lo entusiasma.

–¿Por qué se fue?

–Tito Lectoure nos había estado estafando, a Monzón y a mí. En la anteúltima defensa de Carlos, le encontré un contrato a Lectoure que lo unía a un tal Sabattini, un promotor europeo. Y ahí caí. ¡Por eso nunca peleábamos en Estados Unidos! Yo decía: cómo puede ser que siempre peleamos en Europa, teniendo un campeón como Carlos. Y claro, era este tipo, que nos estafaba, también con la plata. La última defensa de Mozón la hicimos sin Lectoure, y cobramos el equivalente a tres peleas juntas. ¿Me explico?

–¿Qué le dijo Lectoure?

–Fui y le dije: yo soy una usina, le saco boxeadores de todos los colores. ¿Y usted me hace esto, me esquilma?

–¿Qué pasó después?

–Ahí las cosas empezaron a salir en los diarios. Él tenía el apoyo de los periodistas porteños y yo nunca anduve bien con los periodistas porteños.

–¿Por?

–Nunca supieron ver a Monzón. Decían: Locche, el Intocable.
¿Y cómo terminó el Intocable? Con la cabeza así. ¿Y cómo terminó Monzón? Sin una marca. Ulises Barrera, que hablaba tan bien, era una placer escucharlo hablar, pero de box... La primera defensa de Monzón, el tipo relata: “Todavía está en peligro el cross de izquierda del campeón mundial”. Por favor, Monzón ya lo llevaba flameando a Benvenutti.

–¿Qué era lo que no veían?

–Lo práctico del boxeo. Mire, cuando Alain Delon organiza la pelea en París entre Monzón y Mantequilla Nápoles, le digo a Delon: “Por favor, ¿no me consigue alguna pelea de Mantequilla?”. En esa época no había videos ni nada. Así que Delon me lleva a ver una filmación. Miramos hasta el séptimo round y ahí entendí por dónde venía la pelea.

–¿Por dónde venía?

–Lo senté a Monzón y le dije: “Cuidado que se mueve bien, pero cuando le metas la mano acá, el cross de él va a quedar acá, no le va a alcanzar. Ya entendiste. No hablemos más”.

–Mantequilla no sale del rincón después del sexto asalto, creo.

-Sí, pero esperesé. A Mantequilla le ponen de entrenador a Angelo Dundee. Cuando termina la pelea, en el hotel, me lo encuentro a Dundee, que me dice: “Brusa, qué práctico es tu negrito. Va para adelante y pega, va para atrás y pega. ¡Si no se lo saco me lo mata!”. Hasta Dundee se daba cuenta de que Monzón era práctico, y en Buenos Aires nunca le valoraron eso.

DE ALÍ A MIKE “UNA BASURA” TYSON. A ver, Angelo Dundee, el tipo que estuvo en los rincones de Muhammad Ali, George Foreman y Ray “Sugar” Leonard, por citar sólo a tres de sus pollos. Estamos hablando de la cima, en un momento de la historia donde en la cima se cruzaban apellidos como ésos, y algunos más.

Con Monzón retirado, Brusa se tomó revancha de tanta gira europea y se fue a vivir a los Estados Unidos. Trabajó en La Brea, un icónico gimnasio de Los Ángeles, donde aprendió buena parte de lo que hoy les enseña a los chicos del suburbio santafesino que llegan en pata a ver si sacando las manos se pueden convertir en alguien. Formó parte del boxeo americano de los 80, se abrazó con Don King cuando tuvo campeón mundial, y lo vio pasar cuando no lo tuvo, porque Don King, dice Brusa, sigue de largo si andás sin un campeón que mostrar. Estando allá se dio el lujo de despreciar el saludo de Tyson: “Pegaba duro, pero como tipo era una basura”.

–Nunca fue lo que podemos llamar un gran boxeador.

–No, desde ya. Tenía una ventaja, era un pesado chico, un pesado con cintura. Un mosca o un gallo, a los 25 años, tiene su estructura ósea consolidada. Un pesado tiene que esperar hasta los treinta. Tyson, a los 22, ya estaba hecho. Un caso único.

–Usted fue pesado.

–Sí, gané algunos torneos. Es un peso que puede ser apasionante. Ahora está lleno de cocineras gordas. El 6 de abril de 1987, Marvin “Marvelous” Hagler y Ray “Sugar” Leonard se subieron al ring del Caesar Palace de Las Vegas y llevaron adelante los doce rounds más esperados de la década. Se enfrentaba el genio del púgil negro americano en sus dos versiones más exquisitas y definitivas. Estaban los que esperábamos más de Hagler, de su impronta, esa calva reluciente bajo la capucha negra, Darth Vader viniendo para el ring. Y estaban los que sabían quién era Leonard y en condiciones de hacer qué se encontraba esa noche. Fue una de las grandes peleas en la vida de muchos, y la victoria por puntos de Leonard no le quitó épica para los que vimos caer a Vader, a Hagler.

Brusa, en un juego de golpes combinados, deshace el mito, se lo deshace sólo para él, tal vez, lo que desde luego no le preocupa: “Esa pelea estuvo arreglada, fue el tongo más grande de la historia. La tenían arreglada entre ellos, y se llevaron mucho más de lo que declararon”. Quedarse en si lo que dice es cierto o no, es un poco buche. Más interesante resulta ver, en el fondo de esa afirmación, otra vez, el gesto, eso que se parece al arrojo, y que no se modifica según la certidumbre o la falacia de lo que afirma.

Con el boxeo argentino tuvo una relación intermitente. Cuando escucha la pregunta sobre por qué Juan “Martillo” Roldán desobedeció al rincón en la pelea con Tommy Hearns, por qué salió a buscar una sola mano para terminar cayendo en el cuarto, Brusa, que lo había sacado campeón amateur y después lo vio partir hacia las filas de Lectoure, hace silencio. No va a decir más que:

–Roldán era cagón. Y dice que al boxeo argentino lo hicieron mierda:

–¡Mierda! Ahora lo único que hacen es pedirnos palomas para los gavilanes de afuera.

VENTANAL, LA MUERTE. Amílcar Brusa vive en un departamento amplio, con ventanal sobre la salida, y que está en el fondo de una galería comercial, sobre el Brusa Club Privado, su otro gimnasio, menos sufrido, más caretón, donde una de sus hijas da clases de aeróbica y los chicos de la clase media de Santa Fe van a distenderse haciendo aparatos, tranquilos, hasta ahí. En una cocina abierta, incorporada al living con fotos de gloria en blanco y negro, más un escudo de Unión, Brusa llena las copas con champagne. Le pregunto lo que se vuelve inevitable preguntar. Brusa responde tranquilo:

–No, a mí la muerte no me preocupa.

Y después, con un tono pedagógico, a esta altura imposible de evitar y después de todo por qué tendría, Brusa dicta: “Usted, a los 30 años, necesita combustión y descanso. A los 40, un poco más de descanso. A los 60, otra cosa. A los 70, cuidá lo que tenés. A los 80, protegete”.

–¿Cómo se protege usted?

–Tomo estas porquerías de vitaminas y hasta fui a un psicólogo.

–Está enojado.

–Fastidioso.

–¿Con qué?

-Conmigo, probablemente. Pero también con el resto. Acá en Santa Fe, no puede ser, somos todos empleados públicos. Si no te falta el ayudante, te falta el preparador físico. Hay días que ni el boxeador viene.

ÚLTIMAS ANOTACIONES. Al día siguiente, y como un día cualquiera, Brusa está a la una en el gimnasio de UPCN. Otra vez la oficina, el escritorio humilde, la charla y el café. A un costado, Brusa apila unos diez, doce cuadernos. Son los viejos cuadernos tan típicos de la escuela primaria, de marcas como Gloria, Éxito, algún Rivadavia forrado con papel araña. En el frente, sobre una etiqueta escolar, un nombre, que puede ser el del chico Acuña o el de su último campeón, el pibe Díaz Gallardo, que ganó en Tres Arroyos el título argentino de los superwelter. Adentro, las páginas escritas con una prolijidad caligráfica, a mano, llevan el desarrollo de cada pupilo.

–¿Quiénes vienen a su gimnasio de UPCN?

–Nosotros no recibimos gente ni de los colegios de monjas ni de las universidades. Nosotros nos arreglamos de lo que nos deja la villa.

–¿Y qué les deja?

–Chicos desnutridos, algunos llegan descalzos o con las zapatillas rotas.

–¿Y vienen buscando qué?

–Algunos, una ducha. Y es muy importante que se la podamos dar. De verdad, le digo, es una obra social, poder mandar a la casa a un chico higienizado. Otros quieren comprarse un auto. Uno les dice que primero el techo, pero no hay caso: ellos siempre se compran primero el auto. Le quieren demostrar a su gente, a su barrio, que ellos también son importantes.

–¿Qué les dice a los pupilos que llegan?

–Que los puede traicionar un hermano, un hijo. Que hasta su propia madre los puede traicionar. Que el único que no los va a traicionar es el gimnasio. Porque el gimnasio les devuelve el esfuerzo, enseña a dominar sus sentimientos. Es lo primero que les digo: el gimnasio no traiciona. Y fíjese que es verdad.

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